Mi experiencia San Pedro 10.November.09

De los muchos lugares del mundo que he visitado, de todos aquellos en los que me he maravillado profundamente de su cultura y construcciones, de esos que he vuelto, pocos, realmente, me han enamorado como San Pedro…
Nuestra relación es larga, se remonta al año 1996, tenía 15 años y fue sin dudas amor a primera vista. Yo, mujer de centro y sur, acostumbrada a ciudades, lagos y bosques, araucarias y boldos, frondosidad verde, me encontraba atónita enfrentando la vestedad del desierto sobre el mirador de la Cordillera de la Sal, una topografía nueva que ni una postal nortina me había mostrado. Amanecía en el desierto, y a lo lejos, un oasis verde resaltaba en la inmensidad del paisaje que se abría ante mis ojos. Desde lo alto de aquel observatorio se veía San Pedro y surgían los primeros sentimientos que me vincularían a esta tierra para siempre.
Todo me era fascinante, las pocas tiendas de artesanía que había en aquel entonces, el museo, la Iglesia, su plaza y feria, comer pululos y conocer la quinoa, caminar por la calle Caracoles y almorzar en la ya existente Estaka… ya quería yo quedarme en ese pueblo para disfrutar de su tranquilidad y ser parte de ese fluir relajado que sólo se da estando lejos de la civilización!
Ahí me encontraba, pequeña en medio del  gran desierto, sobre la duna del Valle de la Luna viendo el atardecer, una infinidad de colores que aumentaban su intensidad a medida que el sol descendía, en ese lugar mágico me encontraba al atardecer viendo como el cometa Hale-bopp pasaba sobre la línea del horizonte. Juré volver.
Años pasaron, exactamente 9, hasta que la fuerza del destino me llevó a investigar la fiesta religiosa de Ayquina para mi proyecto de título y recibirme como arquitecto. Esa vez regresé para adentrarme y conocer en profundidad su historia, cultura, tradiciones y comportamientos de sus habitantes y sobre todo observar las relaciones entre el hombre y su territorio. Nunca he dejado de maravillarme, nunca he dejado de sorprenderme, una y otra vez, cada viaje, cada uno de mis muchos regresos. Lo que surgió como un idilio adolescente es hoy una de las relaciones de amor mas duraderas de mi existencia.

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